San Francisco de Asís


En 1182, Pietro Bernadone
volvió de un viaje a Francia
para encontrarse con que su esposa había dado a luz un
niño. Lejos de estar entusiasmado o apenado porque
había estado lejos, Pietro estaba furioso porque ella
había bautizado a su recién nacido con el nombre de
Giovanni en honor de San Juan Bautista. Lo último que
Pietro deseaba para su hijo era que se convirtiera en
un hombre de Dios -él quería un hombre de negocios, un
comerciante de telas como él y sobre todo deseaba que
su hijo reflejara su admiración por Francia. Por lo
que le cambió el nombre al de Francesco (diminutivo de
Franco) -lo que equivale a llamarlo “francés”
(Franco). Francisco disfrutó de una vida fácil y
cómoda debido a la riqueza de su padre y a la
tolerancia de esos tiempos. Desde un principio todos
lo amaban, siempre estaba contento, era encantador y
un líder nato. Si era melindroso, se le excusaba. Si
estaba enfermo, cuidaban de él. Si era un tanto
soñador y salía mal en la escuela, a nadie le
importaba. De muchas maneras era demasiado simpático
para su propio bien. Nadie intentó controlarlo ni
enseñarlo. Cuando creció, Francisco se volvió el
líder
de una multitud de jóvenes que pasaban las noches en
fiestas alocadas. Tomás de Celano, quien lo conoció
bien y fue su biógrafo, nos relata: "En otros aspectos
era un joven exquisito, atrajo hacia él un séquito de
personas jóvenes entregadas al mal y acostumbradas al
vicio." El propio Francisco reconoció: "viví en el
pecado" durante ese tiempo. Francisco cumplió todas
las expectativas de Pietro- inclusive la de enamorarse
de Francia. Amaba las canciones de Francia, el romance
de Francia y sobre todo los trovadores aventureros
libres de Francia que deambulaban a través de Europa.
Y a pesar de ser un soñador, Francisco era también
bueno para los negocios. Pero deseaba algo más que
sólo riquezas. ¡Aunque no la santidad! Francisco
quería ser noble, ser caballero. La batalla era el
mejor lugar para ganar la gloria y el prestigio que
anhelaba. Tuvo su primera oportunidad cuando Asís
declaró la guerra a su enemigo desde tiempo
inmemorial, el pueblo cercano de Perugia. La mayor
parte de las tropas de Asís fue muerta en la lucha.
Sólo se tomó prisioneros a aquellos lo bastante
adinerados para cobrar rescate por ellos. Por fin
Francisco estaba entre la nobleza que siempre
deseo...pero encadenado en un calabozo sucio y oscuro.
Todos los relatos dicen que nunca perdió su talante
feliz en ese horrible lugar. Pero al fin, después de
un año en el calabozo, fue rescatado. Por extraño que
parezca, la experiencia no parecío haberlo cambiado.
Se dio a las fiestas con tanto entusiasmo y abandono
como antes de la guerra. Esa experiencia tampoco
modificó lo que él deseaba de la vida: Gloria. Al fin,
un llamado pidiendo caballeros para la Cuarta Cruzada
le dio la oportunidad de sus sueños. Pero antes de
partir, Francisco tenía que tener una armadura y un
caballo--lo que no significaba problema alguno para el
hijo de un padre adinerado. Pero una armadura
cualquiera no serviría para el propósito, sino tenía
que ser una decorada con oro y una capa magnífica.
Cualquier alivio que se pudiese sentir al escuchar que
Francisco dio la capa a un caballero pobre, quedaría
destruido por su jactancia de que volvería convertido
en príncipe. Pero Francisco nunca llegó más allá
de
una jornada a caballo de Asís. Allí tuvo sueño en el
que Dios le decia que estaba completamente equivocado
y que debía regresar a casa. Y a casa regresó. ¡Lo que
debe haber sido volver sin haber presentado batalla!
-el muchacho que no deseaba nada más que ser agradable
a los demás, fue humillado, se rieron de él, fue
llamado cobarde por la gente del pueblo y reñido por
su padre por el dinero desperdiciado en la armadura.
La conversión de Francisco no ocurrió de la noche a la
mañana. Dios había esperado durante veinticinco años y
ahora tocaba a Francisco el turno de esperar.
Francisco empezó a pasar más tiempo en oración. Se
marchó a una cueva y lloró por sus pecados. A veces la
gracia de Dios lo agobiaba con alegría. Pero la vida
no podía detenerse sólo para servir a Dios. Había un
negocio para atender, clientes a quienes servir. Un
día mientras montaba por el campo, Francisco, el
hombre que amaba la belleza, que era melindroso para
la comida, que odiaba la deformidad, se encontró
frente a frente con un leproso. No obstante que se
sintió asqueado por la apariencia y el olor del
enfermo, Francisco bajó de su caballo y besó su mano.
Cuando su beso de paz le fue devuelto, Francisco
estaba lleno de dicha. Mientras iba de regreso, se
volvió para dar un último adiós pero el leproso
había
desaparecido. Él siempre contempló este hecho como una
prueba de Dios ... que había pasado con éxito. Su
búsqueda de la conversión lo llevó a la antigua
iglesia de San Damián. Mientras oraba allí, oyó
que
Cristo crucificado le hablaba, "Francisco, repara mi
iglesia.” San Francisco pensó que se trataba de la
iglesia con ”i” minúscula, pues el edificio estaba en
ruinas. Actuando de nuevo de manera impetuosa, tomó
telas de la tienda de su padre y las vendió para
obtener el dinero para la reparación de la iglesia. A
su padre esto le pareció un robo--y junto con su
cobardía, su desperdicio de dinero y su desinterés
creciente por el negocio hicieron que pensara que
Francisco era más un loco que un hijo. Pietro lo
arrastró ante el obispo y enfrente del pueblo entero
le exigió la devolución del dinero y su renuncia a
todos sus derechos como heredero. El obispo fue amable
con Francisco; le dijo que devolviera el dinero y que
Dios se lo proporcionaría. Eso fue que todo lo que
Francisco necesitaba oír. No sólo devolvió el dinero
sino que se despojó de toda su ropa--la ropa que su
padre le había dado--hasta que sólo le quedó una
camisa de pelo. Delante de la muchedumbre que se había
reunido dijo, "Pietro Bernadone ya no es mi padre. De
hoy en adelante puedo decir con toda libertad: Padre
nuestro que estás en los cielos." Ataviado sólo
con
harapos de desecho, se adentró en los bosques
helados--cantando. Y cuando después los ladrones lo
golpearon y robaron sus ropas, salió de la zanja y se
fue cantando de nuevo. Desde aquel momento San
Francisco no tenía nada ... y lo tenía todo, regresó a
lo que él consideró que era la llamada de Dios.
Mendigó para obtener piedras y reconstruyó la iglesia
de San Damián con sus propias manos, aún no comprendía
que era la Iglesia con “I” mayúscula lo que Dios
quería que reparara. El escándalo y la avaricia
trabajaban en el seno de la Iglesia en tanto que
fuera florecían las herejías atrayendo a quienes
anhelaban algo diferente o aventurero. Pronto San
Francisco empezó a predicar. (Nunca fue sacerdote,
aunque se ordenó -bajo protesta- como diácono.) San
Francisco no era un reformador; él predicaba volver a
Dios y obedecer a la Iglesia, debe de haber conocido
el decadencia de la Iglesia, pero siempre mostró el
más profundo respeto por la Iglesia y por sus
miembros. Cuando alguien le contó que un sacerdote
vivía abiertamente con una mujer y alguien le preguntó
si la misa estaba contaminada, San Francisco se acercó
al sacerdote, se arrodilló ante él y besó sus
manos--porque esas manos habían sostenido a Dios. Poco
a poco se fueron sumando compañeros a San Francisco,
personas que querían adherirse a su forma de vida,
dormir a la intemperie, mendigar por sobras para comer
... y amar a Dios. Al tener compañeros, San Francisco
supo que era el momento de tener algún tipo de
dirección para esa vida, así que abrió la Biblia en
tres lugares. Leyó la orden al joven rico de vender
todos sus bienes y darlo a los pobres, la orden a los
apóstoles de no llevar nada en su mision y la
exigencia de tomar la Cruz diariamente. "He aquí
nuestra regla," dijo San Francisco--tan simple y tan
imposible aparentemente, así nada más. Él iba a hacer
lo que ya nadie pensaba que fuera posible--vivir de
acuerdo con el Evangelio. ¡ San Francisco tomó estas
órdenes tan al pie de la letra que hizo que un hermano
corriera tras un ladrón que robó su capucha y le
ofreciera su túnica! San Francisco nunca quiso fundar
una orden religiosa--este ex-caballero pensó que eso
era demasiado parecido al ejército. Creyó que lo que
estaba haciendo era como expresar una hermandad de
Dios. Sus compañeros vinieron de todos los senderos de
la vida, de campos y pueblos, nobles y gente vulgar,
de las universidades, de la Iglesia y mercaderes. San
Francisco practicó la verdadera igualdad mostrando
deferencia, respeto y amor a cada persona, fuera un
mendigo o el Papa. La hermandad de San Francisco
incluyó a toda la creación de Dios. Mucho ha sido
escrito sobre el amor de San Francisco por la
naturaleza pero su relación era todavía más profunda
que eso. Nosotros llamamos a alguien amante de la
naturaleza si pasa su tiempo libre en los bosques o
admira su belleza. Pero San Francisco realmente sentía
que la naturaleza, que toda la creación de Dios era
parte de su hermandad. El gorrión era tanto su hermano
como el Papa. En una famosa historia, San Francisco
predicó a centenares de pájaros el agradecimiento a
Dios por su maravilloso atuendo, por su independencia
y por los cuidados que les proporcionaba. La historia
nos dice que los pájaros se detuvieron mientras
caminaba entre ellos y sólo emprendieron el vuelo
cuando les indico que ya podían hacerlo. Otra historia
famosa se trata de un lobo que había estado devorando
gente y San Francisco le habló y lo convenció de no
volver a matar nunca más. El lobo se volvió una
mascota de los aldeanos quienes se aseguraron de que
siempre tuviera bastante de comer. Siguiendo
literalmente el Evangelio, San Francisco y sus
compañeros salieron de dos en dos a predicar. Al
principio, comprensiblemente, los oyentes eran
hostiles a estos hombres en harapos que intentaban
hablar sobre el amor de Dios. ¡Las personas huían de
ellos por miedo de contagiarse de esta locura
extraña! Y tenían razón, porque pronto estas mismas
personas se dieron cuenta de que estos mendigos
descalzos que vestían sacos desgastados, parecían
estar llenos de una constante alegría. Ellos
celebraban la vida. Y las personas tenían que
preguntarse: ¿Podría uno no poseer nada y estar
contento? Pronto aquellos que los habían recibido con
barro y piedras, los saludaban con repicar de
campanas y sonrisas. San Francisco no intentaba abolir
la pobreza, intentaba hacerla santa. Cuando sus
frailes se encontraban a alguien más pobre que ellos,
rasgaban ávidamente una manga de su hábito para darla.
Trabajaban para cubrir todas sus necesidades y sólo
mendigaban si tenían que hacerlo. Pero San Francisco
no les permitiría aceptar ningún dinero. Les decía que
trataran a las monedas como si fueran guijarros en el
camino. Cuando el obispo mostró horror por la dura
vida de los frailes, San Francisco dijo, "Si
tuviéramos cualquier posesión, tendríamos que tener
armas y leyes para defenderla." Para San Francisco,
poseer algo era la muerte del amor. Asimismo, San
Francisco razonó, ¿qué se podría hacer a un hombre
que
no posee nada? No se puede hambrear a quien ayuna, no
se puede robar a quien no tiene dinero, no se puede
arruinar a quien odia el prestigio. Ellos eran
verdaderamente libres. San Francisco era un hombre de
acción. Su simplicidad de vida se extendió a las ideas
y a los hechos. Si había una manera simple, no importa
cuán imposible pareciera, San Francisco la haría. Así
cuando San Francisco quiso la aprobación de su
hermandad, fue directo a Roma a ver al Papa Inocencio
III. ¡Pueden ustedes imaginar lo que el Papa pensó
cuando se le acercó este mendigo! En realidad echó a
San Francisco. Pero cuando tuvo un sueño en el cual
este hombre diminuto en harapos sostenía la Basílica
Laterana que se inclinaba; le autorizó a predicar. A
veces este acercamiento directo llevó a errores que
corrigió con la misma espontaneidad con la que los
cometió. Una vez pidió a un hermano, que vacilaba en
hablar porque tartamudeaba, que fuera a predicar medio
desnudo. Cuando San Francisco comprendió que había
lastimado a alguien que amaba, corrió al pueblo,
detuvo al hermano, se quitó su propia ropa y predicó
en su lugar. San Francisco actuó rápidamente porque lo
hizo de corazón; no tenía tiempo para hacer papeles.
Una vez estaba tan enfermo y exhausto que sus
compañeros pidieron prestada una mula para que la
montara. Cuando el dueño de la mula reconoció a San
Francisco le dijo, "Trata de ser tan virtuoso como
todos creemos que eres porque muchos tienen mucha
confianza en ti." San Francisco se dejó caer de la
mula y se arrodilló ante el hombre agradeciéndole su
consejo. Otro ejemplo de su franqueza vino cuando él
decidió ir a Siria para convertir a los musulmanes
mientras se peleaba la Quinta Cruzada. En medio de una
batalla, San Francisco decidió hacer las cosas más
simples e ir directo con el sultán para hacer las
paces. Cuando él y su compañero fueron capturados, se
hizo el verdadero milagro de que no los hubiesen
matado. En lugar de eso, San Francisco fue llevado
ante el sultán quien quedó encantado con su prédica.
Le dijo "me convertiría a tu religión que es muy
bella--pero nos matarían a los dos." San Francisco
encontró en cierta manera la persecución y el
martirio--no entre los musulmanes sino entre sus
propios hermanos. Cuando volvió a Italia, regresó a
una hermandad que había crecido a 5000 miembros en
diez años. La presión vino de fuera para controlar
este gran movimiento, hacerles conformarse a las
normas de otros. Su sueño de pobreza radical era
demasiado rígido según dijeron. San Francisco
respondió, "Señor, ¿no te dije ellos no
confiarían en
Ti?" Finalmente dejó la autoridad de su orden--pero
probablemente no se molestó mucho por ello. Ahora era
simplemente otro hermano, como siempre había querido.
Los últimos años de San Francisco estuvieron llenos
de sufrimiento y de humillaciones. Orando para
compartir la pasión de Cristo tuvo una visión y
recibió, en su propio cuerpo, los estigmas, las
heridas de los clavos y de la lanza que Cristo
sufrió. Años de pobreza y peregrinar hicieron mella en
San Francisco. Cuando empezó a quedar ciego, el Papa
ordenó que le operaran los ojos. Esto significaba
cauterizar su cara con un hierro candente. San
Francisco habló al "Hermano Fuego": "Hermano Fuego,
el
Altísimo te ha hecho fuerte, bello y útil. Sé gentil
conmigo en esta hora, porque yo siempre te he amado y
templa tu calor para que pueda soportarlo." Y San
Francisco informó que el Hermano Fuego había sido tan
amable que no sintió nada en absoluto. ¿Cómo
respondió
San Francisco a la ceguera y al sufrimiento? Con la
composición de su bello Canto al Sol que expresa su
hermandad con la creación alabando a Dios. San
Francisco nunca se recuperó de esta enfermedad. Murió
el 4 de octubre de 1226 a la edad de 45 años. San
Francisco es considerado el fundador de todas las
órdenes Franciscanas y el santo patrón de ecólogos y
comerciantes.
Con agradecimiento al Catholic
Online.